La mayoría de los casos de abuso sexual infantil ocurren dentro de la familia, y la mayoría de las víctimas los cargan solas toda la vida.
Esto es lo que ese silencio le hace al cuerpo y a la mente de quien lo vivió.
Nos enseñaron a temer al extraño en la calle, pero las estadísticas y la realidad son demoledoras. La inmensa mayoría de los abusos en la infancia ocurren dentro de la propia casa.
El agresor suele ser el tío, el primo, el abuelo, el padre, padrastro, el hermano mayor...
Alguien de adentro. Alguien en quien se suponía que habría que confiar. Y...
Lo que hace que esta herida sea tan difícil de sanar no es sólo lo que ocurrió, es el silencio que lo siguió. Cuando el abuso ocurre dentro de la familia, el sistema comúnmente prioriza su propia imagen pública por encima de la protección del niño o niña y esa menor aprende muy rápido lo que se espera de él o ella.
Callar.
Cuando un menor es lastimado por alguien de su círculo íntimo ocurre algo que se llama trauma de traición. Para la menor, la familia es su única fuente de supervivencia, si acusa al tío o al abuelo corre el riesgo de destruir a la familia (carga con esa responsabilidad y culpa). De ser llamada mentirosa y ser expulsada del clan. Ante ese peligro el sistema nervioso toma una decisión drástica.
Traga el terror.
Entierra la voz.
Aprende a sentarse en la misma mesa con su agresor fingiendo que no pasa nada.
Puedes obligar a tu boca a callar pero el cuerpo no sabe mentir.
Cuando no podemos procesar el abuso a través de las palabras el cuerpo se ve obligado a procesarlo a través de síntomas.
El primero es la disociación. Tuviste que aprender a desconectar tu mente de tu cuerpo, eso hoy puede traducirse en sentir que tu cuerpo es un objeto, no registrar el placer físico, no saber cuando tienes hambre, estás cansada o cuando alguien cruzó un límite.
El segundo es el estado de alerta permanente.
El sistema nervioso se quedó atrapado en modo amenaza y esto puede traducirse en enfermedades autoinmunes, problemas gastrointestinales, síntomas que la medicina no logra explicar porqué la causa no está en el cuerpo. Está en lo que el cuerpo tuvo que guardar.
El tercero es la vergüenza.
La sensación profunda de estar sucia.
La culpa no desaparece aunque no hiciste nada, en la mente de un niño o niña es más fácil creer "yo soy mala y provoqué esto" que aceptar la realidad que los adultos que debían cuidarme me fallaron.
Hablar cuando se está lista es el inicio de devolverte algo que nunca debieron quitarnos.
Desde EGIA queremos crear esos espacios en los que poder hablar sin miedo, sin juicio y sin vergüenza de lo vivido, sentir que no estás sola, estamos convencidas de que la comunidad que abraza es un espacio en el que crear vínculos sanos y apoyos mutuos e imprescindibles para curar esa profunda herida.
Queremos dar visibilidad a una problemática tan extendida como silenciada y formar parte del motor de cambio que ésta sociedad necesita.
Belén Lorbada Pontón
Cofundadora de EGIA
Presentación en Vitoria-Gasteiz del libro ASI, empezó todo y de la asociación EGIA junto a Mari, la escritora del libro y compañera de EGIA y las psicólogas Cristina Guerricabarrena y Edurne García Corres, esta última cofundadora de EGIA.